sábado, 21 de diciembre de 2024

Paisaje que se devora a sí mismo
que soy cuando veo tus pupilas dilatadas
efusividad de un recuadro amoroso
humareda que recorre las carreteras
[y los lagos]
comienza desde mis tobillos, hasta mi ultimo
[mechón de pelo]
¿que no son estas explosiones, sino unas demostraciones
salvajes de orgullo?
sueño de no rendirse y nunca bajar las armas
Si me echo a morir en las trincheras del olvido
donde este humo colosal borrará las huellas
que hemos dejado el uno en el otro
¿Apareceré como un destello luminoso en tu difunta memoria?

21 de diciembre, 2024

bajo la superficie de las nubes, se realizará mi funeral.
esta semana, tal vez la siguiente.
seré parte de la cadavería menos fina. podré recostar mis huesos en un colchón, dentro de un acogedor cajón de madera, de preferencia negra. acomodado antes de bajar a la tierra, unas frentes, unos dedos, unos labios, se pegarán como babosas y dejarán su grasa como una insignia de amor imperecedero.
esta semana, tal vez la siguiente.
tendré un estomago de lombrices, sabrán limarse los dientes con las astillas de mis costillas. 
por fin seré el festín que tanto quise porque siempre quise ser el alimento de la felicidad ajena, aunque he de admitir que no me fue bien, siempre planté semillas que hicieron de cuerpos ajenos colmenares de moscas.



por cada planta, un dolor

Es, fue y será. Un hogar que dejó de serlo. Podrido refugio que la familia gustaba de llamar nido. Vuelve a tu nido, como si fuese un lugar agradable de habitar; doliente bajada hacia los infiernos ¿Qué hicimos para recibir el castigo de tener un nido pústula, una cama de púas que atraviesan la carne y se clavan directamente en los puntos más sensibles del cuerpo para provocar dolor? acupuntura invertida, desterapia psicológica creadora de heridas que se mantienen en el tiempo, o la espina clavada en el corazón de sus conciencias.
    La mujer que habita el hogar tiene una lágrima por cada una de sus plantas en aquél inmenso jardín; y de todo un poco: cipreses de mediana estatura -ojalá asistir al ritual fúnebre-; dos álamos con hojas que cambian de color con la temporada -y que sea definitivo- ; Mióporo de hojas perennes -como ha sido posible esta eternidad, la demostración del dolor mantenido como se mantiene una familia rota durante casi dos décadas- ; rosas rojas, purpúreas y blancas -una antítesis en si mismas, porque no pueden picarte los ojos, pero si los dedos-; y por último, las suculentas -limpian la energía de la casa, como ella diría-.
    Personalmente, no me hago cargo de una creencia basada en el esoterismo; prefiero la tesis del alma común a toda la materia existente, en que todos los átomos tienen la capacidad de afectarse entre sí. Sin embargo, si es que nos colgamos de esa creencia -igual de artificiosa que todas las demás- el mundo vegetal es a esta mujer, lo que es el agua bendita para los religiosos en esas películas como The exorcist o The conjuring, en que esta funciona como repelente demoníaco. 
   Ella siente que vive cuando va al vivero cercano a elegir plantas. Cada una de estas bonitas enramadas y llenas del verde más hermoso que mis ojos han visto jamás, han sido cada uno de mis dolores. Lo que ella encuentra en la jardinería es la purificación catárquica del alma, la sublimación del dolor, porque sufre en silencio y las soluciones son fangosas, cuando se tiene los pies en el barro pantanoso del nido-pústula; la infección se ha dilatado demasiado.

Las espinas que llevan en los dedos del alma gotean la sangre más espesa. Además de la hemoglobina, están las celulas muertas y los neutrófilos del pus, entremezclados. Una cazuela  pestilente que ha alimentado a los demonios que hemos sabido malcriar y que, hasta hoy, han contaminado el aire con una tensión habitualmente repulsiva; insistentemente degradante y belicosa.

prometeo desde mi infinita culpa

de algo me voy a tener que enfermar
de algo me voy a tener que morir
tres espinas secretas
infectan mi garganta
reparar armar reconstruir 
caridad de palabras inútiles  
evocan proyecciones latentes, 
reaniman muertes efímeras
esas que me harán enfermar
esas que me harán morir
disolver desarmar destruir
las entrañas malditas del inconsciente
etón, ave digna de la carga mordaz
que en nombre de Zeus las devore
y a la mañana siguiente
y a la mañana siguiente
y a la mañana siguiente... 








martes, 17 de diciembre de 2024

de tus relingos

ruinas de tus ruinas
edificaciones con grietas engangrenadas
en medio de un desierto de cemento
almas ciegas de hollín
esas no son vidas
aunque alguna vez fueron árboles
hoy raíces putrefactas, secas
jeríngales vitriolo hasta la saciedad 
sed de arena, o del polvo de tus murallas dinamitadas
por tí en tus arrebatos
el mismo que formaba parte íntegra de tu arquitectura
cuantas veces tendrás que aguantar
tus propias detonaciones, 
tus morteros, tus propias bombas
tus sabotajes de lágrimas de cristal astilladas
no riegan ninguna mejilla, ninguna sien
tus ventanas selladas
y tu boca desprende un hedor de palabras
y tus palabras nunca llegan a salir por tu boca
y no quedan puertas
no quedan puertas cerradas
podrían tomar repetidamente tus ruinas
penetraciones de amados miles monstruos
jamás repararias en la herida,
jamás repararias las heridas
que le han hecho a tus heridas

soñé

que te ibas,
que decidías frente a mi estar con él
era tan hermoso y 
digno como un clavel
y como tú eras una rosa que había dejado
su espina en mi garganta
te recordé a través mi sangre
y te sentí cada vez que bebía agua
                                                [para regarte]
y te escribí
y te llamé
y para mi nunca dejó de ser 
confuso pensar que ya no me volverías a responder
porque no te volvería a ver
y que probablemente estabas ocupada
siendo más feliz que nunca
mientras yo, piedra en el zapato,
nunca podría volver a ser feliz

la piel es el papel donde se imprime el hermoso dolor del amor (en proceso)

Es por mera curiosidad, que aparecen interrogantes acerca de cierta cuestión, pensamientos, dátiles de medianoche, almendras de medio día ¿Qué es la acumulación? ¿qué es lo que acumulamos y por qué lo hacemos?
Pienso en lo inmaterial del almacenamiento de nuestras memorias: disponemos de un librero que dura la extensión de nuestra vida, y cada libro es un recuerdo; o quizás diarios de vida, cuadernos con todo lo posible anotado, mil veces rayado, con manchas de café, de vino tinto y quemaduras de cigarro.

Me gusta pensar la naturaleza de la memoria como cierto espacio cercado por una alta muralla de vidrio templado. La mayor parte de las veces no podemos ver hacia adentro -muchas, por nuestro propio bien-. Es ahí donde comienza la marginalia, el borron, el rayado, el destacado; revisitar un recuerdo implica una reescritura; un recorte de revista, armar frases, imágenes; afectar la memoria; desconocer lo ya conocido.

  Mi planteamiento del librero cojea un poco; parece sugerir una modalidad relativamente ordenada de almacenar nuestros recuerdos, pero la verdad es que estas nubecitas de papel rayado se parecen más a las vasijas de greda. Estas han sido moldeadas por las manos de un artesano; los recuerdos no se construyen como textos concebidos en la finitud estática de "los hechos objetivos", a menos que el artesano decida escribir una novela. En ese caso,  es posible que se cristalicen como memorias.

  Hemos evitado el embrollo de los sobrantes de papel en la mesa, pero hemos olvidado que la greda se seca. El material del que estan hechos los recuerdos nunca se seca. Puede ser intervenido en lo que dura la extensión de una vida entera. Y por las vidas de las vidas por las que extiende esa vida.


La magdalena de Proust es el ejemplo por antonomasia del funcionamiento de la memoria implicita (también conocida como memoria involuntaria), una llave directo a la infancia. La memoria está atravesada primeramente por el cuerpo. Cuando se fuerza el recuerdo se accede a este de forma parcial, cuando se relaciona con lo sensible -un olor, un sabor, una sensación corporal- la muralla se desvanece; por un momento se convierte en visillo y podemos correrlo, y así ver directamente en el corazón de aquel recuerdo; y tomar en nuestras manos la vasija, húmeda y heteróclita; que nos mancha y la esculpimos; nos desgasta y la desgastamos.

En versiones anteriores de este escrito, acudí a una de mis teorias favoritas para plantear esta cuestión: el cogito ergo sum. La vida fuera de la mente es improbable; la existencia de las cosas está permeada por los signos que provee el lenguaje. Entonces, dada esta tésis, ¿qué ocurre cuando no existe dicho manejo, cuando no hay forma de asimilar el entorno mediante la domésticación que proveen las palabras? supongo que eso es de lo que se hacía cargo Sara Ahmed en la politica afectiva de las emociones: sentimus ergo sum. Sin embargo, Ahmed no está excluyendo al lenguaje de su tesis fundamental. Yo sí.

29 de abril, 2025

He perdido el sueño en más de una ocasión. Repito. Se repiten las conductas. Me entristece. Vuelve a Ocurrir. Conducirme hasta morir de su...