Pienso en lo inmaterial del almacenamiento de nuestras memorias: disponemos de un librero que dura la extensión de nuestra vida, y cada libro es un recuerdo; o quizás diarios de vida, cuadernos con todo lo posible anotado, mil veces rayado, con manchas de café, de vino tinto y quemaduras de cigarro.
Me gusta pensar la naturaleza de la memoria como cierto espacio cercado por una alta muralla de vidrio templado. La mayor parte de las veces no podemos ver hacia adentro -muchas, por nuestro propio bien-. Es ahí donde comienza la marginalia, el borron, el rayado, el destacado; revisitar un recuerdo implica una reescritura; un recorte de revista, armar frases, imágenes; afectar la memoria; desconocer lo ya conocido.
Mi planteamiento del librero cojea un poco; parece sugerir una modalidad relativamente ordenada de almacenar nuestros recuerdos, pero la verdad es que estas nubecitas de papel rayado se parecen más a las vasijas de greda. Estas han sido moldeadas por las manos de un artesano; los recuerdos no se construyen como textos concebidos en la finitud estática de "los hechos objetivos", a menos que el artesano decida escribir una novela. En ese caso, es posible que se cristalicen como memorias.
Hemos evitado el embrollo de los sobrantes de papel en la mesa, pero hemos olvidado que la greda se seca. El material del que estan hechos los recuerdos nunca se seca. Puede ser intervenido en lo que dura la extensión de una vida entera. Y por las vidas de las vidas por las que extiende esa vida.
La magdalena de Proust es el ejemplo por antonomasia del funcionamiento de la memoria implicita (también conocida como memoria involuntaria), una llave directo a la infancia. La memoria está atravesada primeramente por el cuerpo. Cuando se fuerza el recuerdo se accede a este de forma parcial, cuando se relaciona con lo sensible -un olor, un sabor, una sensación corporal- la muralla se desvanece; por un momento se convierte en visillo y podemos correrlo, y así ver directamente en el corazón de aquel recuerdo; y tomar en nuestras manos la vasija, húmeda y heteróclita; que nos mancha y la esculpimos; nos desgasta y la desgastamos.
En versiones anteriores de este escrito, acudí a una de mis teorias favoritas para plantear esta cuestión: el cogito ergo sum. La vida fuera de la mente es improbable; la existencia de las cosas está permeada por los signos que provee el lenguaje. Entonces, dada esta tésis, ¿qué ocurre cuando no existe dicho manejo, cuando no hay forma de asimilar el entorno mediante la domésticación que proveen las palabras? supongo que eso es de lo que se hacía cargo Sara Ahmed en la politica afectiva de las emociones: sentimus ergo sum. Sin embargo, Ahmed no está excluyendo al lenguaje de su tesis fundamental. Yo sí.
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