La mujer que habita el hogar tiene una lágrima por cada una de sus plantas en aquél inmenso jardín; y de todo un poco: cipreses de mediana estatura -ojalá asistir al ritual fúnebre-; dos álamos con hojas que cambian de color con la temporada -y que sea definitivo- ; Mióporo de hojas perennes -como ha sido posible esta eternidad, la demostración del dolor mantenido como se mantiene una familia rota durante casi dos décadas- ; rosas rojas, purpúreas y blancas -una antítesis en si mismas, porque no pueden picarte los ojos, pero si los dedos-; y por último, las suculentas -limpian la energía de la casa, como ella diría-.
Personalmente, no me hago cargo de una creencia basada en el esoterismo; prefiero la tesis del alma común a toda la materia existente, en que todos los átomos tienen la capacidad de afectarse entre sí. Sin embargo, si es que nos colgamos de esa creencia -igual de artificiosa que todas las demás- el mundo vegetal es a esta mujer, lo que es el agua bendita para los religiosos en esas películas como The exorcist o The conjuring, en que esta funciona como repelente demoníaco.
Ella siente que vive cuando va al vivero cercano a elegir plantas. Cada una de estas bonitas enramadas y llenas del verde más hermoso que mis ojos han visto jamás, han sido cada uno de mis dolores. Lo que ella encuentra en la jardinería es la purificación catárquica del alma, la sublimación del dolor, porque sufre en silencio y las soluciones son fangosas, cuando se tiene los pies en el barro pantanoso del nido-pústula; la infección se ha dilatado demasiado.
Las espinas que llevan en los dedos del alma gotean la sangre más espesa. Además de la hemoglobina, están las celulas muertas y los neutrófilos del pus, entremezclados. Una cazuela pestilente que ha alimentado a los demonios que hemos sabido malcriar y que, hasta hoy, han contaminado el aire con una tensión habitualmente repulsiva; insistentemente degradante y belicosa.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario