jueves, 20 de abril de 2023

la poíesis es una émesis satisfactoria

Esto de encontrarse impregnado de simbólica escarcha, acompañado de las más frías sensaciones, es lastimosamente la más habitual costumbre de las noches estimuladas por el insomnio subversivo. Ni siquiera el intrincado efecto literario que deshabitúa lo mil veces masticado, la singularización, podría estimular este entorno provisto de concretas soledades e ignominiosos vituperios. De todas formas, es menester dejar fluir el río de palabras, recoger las necesarias y proyectarlas fuera del pizarrón imaginario, con tal de colgarlas en frente de los que osan consumir formas y colores (esos que gozan de la acomodada facultad de ignorar la distancia).
    Depositar fervientemente pensamientos y emociones en cada palabra; tomarse respiros para ordenar cual pintor sus colores en el lienzo; identificar si quedan menos dolores en el interior después del depósito. Pese a la organización, se hace uso excesivo del azar; se entrelaza con el compromiso de evitar el engaño a la propia imaginación con usos de retórica puramente decorativa. De esto proviene una pregunta: ¿Cómo algo 
tan fría y estructuradamente calculado, aunque beba del accidente, es capaz de ser sincero?
    Estar cansado de ser más versado en desdichas que en esta distribución consciente de emociones en la cascara del habla. Aunque se intente la empresa de la honestidad, posiblemente se ha maquillado este escrito en incontables ocasiones. Por suerte, el resultado esperado no tiene nada que ver con esa vestidura malsana y engañosa de las palabras (¿no?). Se concluye que lo más adecuado es arremeter, escritor y persona, con la sola intención de la necesidad: la de dejarse las desazones en una cosa visible no tan invariable como las imágenes acústicas de la cabeza. Te entregas al parto; la poíesis es una émesis satisfactoria.

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